martes, 19 de julio de 2011

Oscar Wilde

''La Balada de la cárcel de Reading'', de Oscar Wilde.
(foto copyright de la Biblioteca Nacional de Irlanda)

Y todos los hombres matan lo que aman,
que esto sea oido por todos,
algunos lo hacen con una mirada amarga
algunos con palabras halagadoras
el cobarde lo hace con un beso
el valiente con una espada.




Estrofa final de varias de las partes en que se divide la obra en verso escrita por Oscar Wilde durante su exilio en Berneval o Dieppe, Francia. Fue escrita tras su liberación de la prisión de Reading en torno al 19 de mayo de 1897. El poema es una de las baladas más representativas tanto del autor como de la literatura en inglés.



Pascal Bruckner

La obligación de ser feliz

La felicidad, tal como reconoce el propio Bruckner, es un concepto difícil de circunscribir. Podemos darle el significado de bienestar, satisfacción, alegría y placer, así como también varias otras definiciones, pero más allá de lo que implique, es un tópico filosófico que se remonta a los inicios mismos de la disciplina.
Para los antiguos griegos, la felicidad era sinónimo de la buena vida. Ser feliz era desempeñar un papel armónico en una sociedad ordenada. El cristianismo reemplazó la felicidad por la salvación, una vida de negación por la promesa de la gloria eterna después de la muerte. Fue la Ilustración la que devolvió la felicidad a la tierra y la Declaración de Independencia norteamericana garantizó el derecho “a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.


Según Bruckner, lo que en su momento fue un derecho se ha metamorfoseado en obligación, sobre todo después de la revolución social de los sesenta, en la cual una combinación del crédito disponible y la píldora anticonceptiva ayudaron a introducir una época de gratificación instantánea. De golpe, los radicales pudieron proclamar, como escribe Bruckner, que quien “desea no puede ser culpable... el pecado procede sólo de las prohibiciones”.
Sin embargo, la “generación del yo” habrá hablado quizá de “nosotros y ellos”, pero su sujeto implícito era el sí mismo. Y como tal, el hippie feliz resultó ser un mito. “Después de los 60, ya no hubo más distancia entre la felicidad de uno y uno mismo”, explica Bruckner. “Uno se convierte en su propio obstáculo principal. Para vencer ese obstáculo se abrió un enorme mercado: la medicina para modificar el humor, la cirugía para modificar el cuerpo, y asimismo la propagación de la terapia y las religiones nuevas o reformadas. De modo que Jesús ya no es ese Dios trascendente, sino un instructor de vida que nos ayuda a superar la adicción y el resto”.

Bruckner sugiere que al no haber nada entre nosotros y la felicidad, fuera de nuestra voluntad de capturarla, hay una compulsión moral que pesa sobre nosotros a ser felices –y precisamente esa presión social es la que hace infelices a muchas personas. “Debemos preguntarnos por qué la depresión se ha convertido en una enfermedad. Es una enfermedad de una sociedad que está buscando desesperadamente la felicidad, que no podemos atrapar. Y por eso la gente se desmorona”.

Desde que salió publicado el libro, la felicidad ha adquirido mayor significación como tema académico. Hace dos años, una comisión designada por Nicolas Sarkozy recomendó que se tomara el índice de felicidad como un indicador del progreso social; David Cameron habla de adoptar un enfoque similar. Al mismo tiempo, la felicidad es un terreno fértil de investigación para psicólogos y genetistas. Algunos estudios han demostrado que dejando de lado la transición de muy pobre a pobre, un cambio en la riqueza material no parece tener un impacto grande en los niveles de felicidad. Esto se explica por la “rueda hedónica”, que plantea que a todo mejoramiento de situación le corresponde una expansión de la expectativa. Por ende, la satisfacción material está destinada a permanecer fuera de nuestro alcance.
“El bienestar es objeto de la estadística”, dice. “La felicidad no”. Pero no se abstiene de dar algún consejo.
“A la felicidad la llamamos como llamamos a un perro. No podemos dominar la felicidad, no puede ser fruto de nuestras decisiones. Tenemos que ser más humildes. No porque debamos elogiar la fragilidad o la humildad sino porque las personas son muy desdichadas cuando se esfuerzan y fracasan. Tenemos mucho poder en nuestras vidas pero no el poder de ser felices. La felicidad es más como un momento de gracia”.

Bruckner insiste en hacer hincapié en que la felicidad tiene más en común con un accidente que con una elección consciente. Curiosamente, el origen de la palabra reside en la palabra del nórdico antiguo: happ . Pero dejar la felicidad librada al azar, advierte Bruckner, no es lo mismo que ignorarla. “Se dice que si no buscamos la felicidad, ésta llegará. En realidad, no es tan fácil. Si le damos la espalda a la felicidad, podríamos perderla. Es una trampa y no creo que haya una salida, salvo quizá que a la verdadera felicidad no le importa la felicidad. Sólo se la puede alcanzar indirectamente”.

La cuestión de la “verdadera” felicidad orienta desde hace tiempo la política revolucionaria. Tal como muestra Bruckner, la condena de la convención “burguesa” y todos los placeres “mezquinos” que la acompañan es un rasgo de los extremos tanto de la izquierda como de la derecha. Fue en definitiva Karl Marx, el teórico de la “falsa conciencia” quien dijo que “abolir la religión como felicidad ilusoria del pueblo es exigir su verdadera felicidad”.
En la actualidad, la ilusión de felicidad se discute la mayoría de las veces en términos de consumo. Pese a reconocer el vacío de gran parte del consumo, Bruckner percibe en el mensaje anticapitalista una versión corregida de la moralidad cristiana, “en la cual la vida ordinaria es pecaminosa”. “Uno de los propósitos de mi trabajo es mostrar que en los 60 pensábamos que nos habíamos librado de todos los tabúes y los mandamientos de la burguesía y de la sociedad cristiana”, dice. “Trato de mostrar que esos mandamientos están volviendo a través de nuestra búsqueda de felicidad y en nuestros sentimientos culpables. Seguimos siendo cristianos en nuestra mente, pese a creer que matamos a Dios”.

El día que visité a Bruckner en París era gris, húmedo e inusualmente sombrío. Se lo veía muy entusiasta. Si no supiera cómo son las cosas, diría que parecía casi feliz.


(c) The Observer, 2011.


sábado, 2 de julio de 2011

Fito Páez

Te perdiste en el huracán
viste cómo son las cosas
te aferras, te aferras, te aferras
y el viento te lleva igual
que los dioses te protejan donde vayas
y que tus santos te cuiden en el mar...
El olvido no perdona,
viste cómo son las cosas
del polvo venimos, andamos,
después todo al polvo va
yo no creo en volver a empezar...
Lo que un día ví no lo veo más
veo una serpiente, amarilla violenta

se muerde la cola.
Tanta estupidez, tanta vanidad,
y lo que fue hermoso
nunca más ya lo será...
Llueve y está gris el sol ya vendrá,
casi siempre está nublado en London Town...

Y así se pasan los años,
viste cómo son las cosas,
volvemos, volvemos, volvemos,
al fin al mismo lugar,
mientras tanto fumo un faso en London Town.
Ella dice que está bien, él dice que está mal,
no se cansan nunca de actuar,
de actuar, ésa misma pena
Tanta estupidez, tanta vanidad,
y lo que fue hermoso nunca más ya lo será
Llueve y está gris, el sol ya vendrá...
Buena suerte nena desde... London Town.



"London town"

domingo, 26 de junio de 2011

Francis S. Fitzgerald



Toda vida es un proceso de demolición, por supuesto, pero los efectos de los golpes que hacen la parte dramática del trabajo –los grandes golpes súbitos que vienen o parecen venir de fuera, los que uno recuerda, los que carga con las culpas, los que en momentos de debilidad les cuenta a los amigos– no se muestran en el acto. Hay otra clase de golpe que viene de dentro, que no se siente hasta que ya es tarde para tomar alguna medida, hasta que uno entiende irrevocablemente que en algunos aspectos nunca volverá a ser tan buen hombre como antes. La primera clase de rotura da la impresión de suceder rápido; la segunda clase ocurre casi sin que uno sepa, pero se hace consciente bien de repente.






The Crack-Up, 1945.

lunes, 13 de junio de 2011

Alan Pauls

Dormir - (Página 12 / 20 de Mayo de 2002)

Napoleón dormía poquísimo. Se acostaba entre las 10 y las 12, dormía hasta las 2, trabajaba hasta las 5 y volvía a dormir hasta las 7. Otro tanto hacían Edison y Churchill, que se saciaban con tandas de 4 horas, y Salvador Dalí, que sólo suscribía esa dieta si la personalizaba: se instalaba en un sillón, dejaba en el piso un plato de metal y se abandonaba al sueño con una cucharita entre los dedos; dormido, los dedos se le relajaban, la cuchara caía golpeando contra el plato y el pintor, alertado por el modesto estrépito, despertaba y reanudaba el reloj reblandecido que había dejado inconcluso. A juzgar por la bibliografía especializada, entre los fanáticos de la vigilia y los dormilones no hay punto de comparación –al menos cuantitativa–. A los primeros se los colecciona; para contar a los otros sobran los dedos de una mano. El marmota más célebre fue sin duda Einstein, que no movía una neurona si no había dormido un mínimo de diez horas. El ejemplo, usado hasta la saciedad, alcanza al menos para contrariar la creencia vulgar, típica de la neurociencia capitalista, de que la férrea voluntad de vigilia coincide con la inteligencia y el gusto por el sueño con la lentitud de espíritu.

En rigor, la desproporción numérica que reina entre los dos bandos muestra hasta qué punto la civilización, ya resignada a emancipar a la comida y el sexo de la mera necesidad, sigue manteniendo el acto de dormir bajo su yugo. En Napoleón, Churchill o Dalí, dormir es tan fastidioso y necesario como alimentarse: una mezcla de obstáculo (porque interrumpe la continuidad de la producción) y de suministro indispensable (porque la recuperación de energías que permite es clave para retomar la actividad). Para Einstein, en cambio, es otra dimensión de la existencia, tan elevada y consistente como el reino de leyes y ecuaciones en el que nacieron y refulgieron sus ideas. Así, el dormilón es al durmiente rápido lo que el cultor del tantra yoga al fornicador expeditivo, y lo que el gourmet al broker que se clava un pancho al paso para discontinuar lo menos posible el frenesí de la compraventa.

Hasta ahora, dormir ha sido apenas una obviedad de la biología y un despotismo cultural: dormimos porque nos es imposible seguir en pie, porque el cuerpo o el alma no dan más o, siendo niños, porque nuestros padres no nos dejan otra alternativa. (“Hay que dormir” –como quien dice: “si no respirás te morís”– era la fórmula con la que desmerecían nuestras protestas y engendraban generaciones y generaciones de pequeños hipnófobos.) Pero basta presenciar el momento sublime en que los niños descubren, por la irresistible temperatura de la cama o la textura peculiar de una costura, una sábana, un pliegue milagroso –cualquiera de esos talismanes que en la oscuridad de la habitación sólo brillan para el durmiente–, que la cama que les parecía un cadalso se ha convertido en el reino más amigable, delicioso y privado de todos, para entrever qué otras experiencias, menos ligadas a la burocracia de la existencia que a su goce, puede depararnos el acto de cerrar los ojos cuando se lo piensa y ejecuta como un arte. Para eso hace falta cambiar de perspectiva: pasar del modelo animal (instinto/satisfacción) al modelo humano (deseo/placer). Así, dormir ya no será un simple término, el límite que “soluciona” un estado negativo intolerable (el cansancio), sino una experiencia en sí, el lugar de una afirmación expansiva, tan sensible a matices y alternativas como el ejercicio “creativo” de la sexualidad y –oh alivio– a la vez mucho menos exigente. La cama ya no será esa tumba impersonal en la que se desploman los cuerpos que “ya no quieren saber más nada”, sino un espacio intacto, expectante, cuya pulcritud sólo pide una cosa: que el durmiente lo abra, lo desgarre y, una vez adentro, vaya colonizándolo de a poco, a ciegas, entibiando algunas zonas y dejando otras frescas, como en reserva, para el momento en que, cansado del calor de las regiones que ya conquistó, el durmiente decida mudar las partes abrasadas de su cuerpo a un mundo más nuevo y refrescante. Esa alternancia (fresco/cálido, nuevo/usado, desconocido/familiar) es sólo una de las frecuencias en las que se juega el goce de dormir. Hay otras: los materiales (las delicias hospitalarias del algodón), los pesos (dormir es rendirse a una paradoja: la sepultura amorosa), las posturas (no adoptar de entrada la postura preferida: llegar a ella, en cambio, al mismo ritmo en que llega el sueño), las aventuras (la felicidad de despertar en plena noche y descubrir todas las zonas frescas que fueron acumulándose durante el sueño). Sólo hay un placer superior al de dormir: el placer de mirar dormir. Los poetas Arturo Carrera y Teresa Arijón lo homenajearon en El libro de las criaturas que duermen a nuestro lado, bello manual de hipnofilia, y Proust le dedica los pasajes más inspirados de La prisionera, cuando el narrador contempla a Albertine, que duerme en su cama, y piensa, entre otras cosas, qué majestuosa e inusual es la belleza de ciertas caras cuando dejan de tener mirada.

Luciano Ortega

"Me he despojado de todas las certezas, sólo me nutro de hipótesis, eso me ayuda a caminar, como la utopía, como el horizonte."

viernes, 10 de junio de 2011

Victoria Ocampo


La luz de su cuarto me habla de él cuando no está,
me acompaña cuando tengo miedo,
y siempre tengo miedo porque soy valiente;
oye su paso sobre los mosaicos de la entrada
va a su encuentro cuando abre la puerta lentamente
cuando lo espero, y siempre lo espero;
lo mismo es para la luz eléctrica que para la luz del sol,
lo mismo para el sol que la luna o la estrella.
Un tapiz forma la luz complicada
es la vida y siempre la vida.
Si me quedara ciega la vería con mis patas
o tal vez con mi frente cuando llega.
El tapiz no lo forma la luz sino su llegada, el sonido
que cambia de oscuro en claro.
El tablero de la luz tiene varias llaves
pero una gobierna el resto:
se llama la llave maestra.
Del mismo modo el tablero de mi luz
tiene una sola llave que gobierna las otras
la llave que está en sus manos.
Apagaría todas las luces si quisiera
pero yo cierro los ojos para no ver
la oscuridad que podría ser luz
para no herirlo.

La llave maestra - Victoria Ocampo

domingo, 5 de junio de 2011

Federico G. Lorca

Deseo

Sólo tu corazón caliente,
y nada más.

Mi paraíso un campo

sin ruiseñor
ni liras,
con un río discreto
y una fuentecilla.

Sin la espuela del viento

sobre la fronda,
ni la estrella que quiere
ser hoja.

Una enorme luz

que fuera
luciérnaga
de otra,
en un campo
de miradas rotas.

Un reposo claro

y allí nuestros besos,
lunares sonoros
del eco,
se abrirían muy lejos.

Y tu corazón caliente,
nada más.

(Aniversario de su nacimiento: 5 de Junio)

martes, 31 de mayo de 2011

viernes, 27 de mayo de 2011

Paul Celan

No es ya...

No es ya
esa
gravedad,
cayendo
a veces contigo
en la hora.
Es otra.

Es el peso que retiene el vacío
que iría
contigo.
Como tú, no tiene nombre. Tal vez
seáis lo mismo. Tal vez
un día también tú me nombres
así.

martes, 24 de mayo de 2011

Daniel Serrano

Papá cuéntame otra vez

Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo,
y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana,
y canciones de los Rolling, y niñas en minifalda.

Papá cuéntame otra vez todo lo que os divertisteis
estropeando la vejez a oxidados dictadores,
y cómo cantaste Al Vent y ocupasteis la Sorbona
en aquel mayo francés en los días de vino y rosas.

Papá cuéntame otra vez esa historia tan bonita
de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia,
y cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo,
y como desde aquel día todo parece más feo.

Papá cuéntame otra vez que tras tanta barricada
y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada,
al final de la partida no pudisteis hacer nada,
y bajo los adoquines no había arena de playa.

Fue muy dura la derrota: todo lo que se soñaba
se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas,
y ya nadie canta Al Vent, ya no hay locos ya no hay parias,
pero tiene que llover aún sigue sucia la plaza.

Queda lejos aquel mayo, queda lejos Saint Denis,
que lejos queda Jean Paul Sartre, muy lejos aquel París,
sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual:
las ostias siguen cayendo sobre quien habla de más.

Y siguen los mismos muertos podridos de crueldad.
Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.
Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.
Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.

Música: Ismael Serrano

miércoles, 18 de mayo de 2011

No doubt

Don't speak

You and me
We used to be together
Every day together always

I really feel
I'm losing my best friend
I can't believe
This could be the end

It looks as though you're letting go
And if it's real,
Well I don't want to know

Don't speak
I know just what you're saying
So please stop explaining
Don't tell me 'cause it hurts
Don't speak
I know what you're thinking
I don't need your reasons
Don't tell me 'cause it hurts

Our memories
They can be inviting
But some are altogether
Mighty frightening

As we die, both you and I
With my head in my hands
I sit and cry

It's all ending I gotta stop pretending who we are...
You and me
I can see us dying... are we?

lunes, 9 de mayo de 2011

Luis Pescetti

Querido Rey de la Cabina:

¿por qué llamamos amor al amor?
con lo que cuesta, con lo que duele,
con lo que tarda, con lo que arde,
con lo que falta, con lo que quema,
con lo que ausencia, con lo que tiene,
con lo que viene, con lo que ahueca,
con lo que silencia, con lo canta,
con lo que arrulla, con lo que leche,
con lo que vibra, con lo que abraza,
con lo que olvida, con lo que vida,
con lo que pajarito, pajarito,
caracolito tan poco mío y de nadie.
Yo, que nunca te tendré.
Y aunque no te lleguen mis correos
te escribo,
y aunque no sepa si los lees,
te escribo.
Te escribía.
Ciega de ausencia de no verte,
ciega al resto de tu hueco en el mundo.
Harta de abrazar calaveras de tu presencia
siento el aire que alimenta mis pulmones,
respiro al imaginar que volvería a tenerte
enfrente mío, doblando tu ropa y los jazmines,
apoyando los azahares de tu frente.
Aunque falten siglos para tanto verano,
y hoy sólo tenga para ofrecerte
un otoño lleno de hojas que se retiran
regalando su turno a lo inventado.
Quiero regresar
sólo para lo imprevisto,
para lo que deba nacer de tus manos y las mías.
Para nada que ya haya sido escrito o dibujado.
Ni en tu alma, ni en la mía.


Paloma



martes, 3 de mayo de 2011

Alexander Pushkin

I loved you, and I probably still do,
And for a while the feeling may remain...
But let my love no longer trouble you,
I do not wish to cause you any pain.
I loved you; and the hopelessness I knew,
The jealousy, the shyness - though in vain -
Made up a love so tender and so true
As may God grant you to be loved again.

Alexander Sergeyevich Pushkin

Te amé, y probablemente aún te amo,
y por un tiempo el sentimiento podría perdurar...
pero que mi amor no te conflictúe más,
no quiero causarte ningún dolor.
Te amé; y la desesperanza que conocí,
los celos, la timidez - aunque en vano -
construyeron un amor tan tierno y tan verdadero
como para que Dios te conceda ser amado de nuevo.

miércoles, 27 de abril de 2011

miércoles, 20 de abril de 2011

William S. Maugham

"Hay una atmósfera de suspensión, como si todo lo que hay alrededor nuestro estuviese esperando que algo ocurriese."

lunes, 18 de abril de 2011

Joaquín Torres García

Vuelvo al Sur

Vuelvo al Sur,

como se vuelve siempre al amor.

Vuelvo a vos,

con mi deseo, con mi temor.

Llevo el Sur,

como un destino del corazón.

Soy del Sur,

como los aires del bandoneón.

Sueño el Sur,

inmensa luna, cielo al revés.

Busco el Sur,

el tiempo abierto, y su después.

Quiero al Sur,

su buena gente, su dignidad.

Siento el Sur,

como tu cuerpo en la intimidad.

Te quiero, Sur.

Sur, te quiero.

Vuelvo al Sur,

como se vuelve siempre al amor.

Vuelvo a vos,

con mi deseo, con mi temor.

Quiero al Sur,

su buena gente, su dignidad.

Siento el Sur,

como tu cuerpo en la intimidad.

Vuelvo al Sur.

Llevo el Sur.

Te quiero Sur.

Te quiero Sur.


Letra: Fernando Solanas / Música: Astor Piazzolla

Dibujo: ''América invertida'', de Joaquín Torres García (Uruguay, 28/7/1874 - 8/8/1949)


martes, 5 de abril de 2011

Jack Kerouac

"Las únicas personas para mí son los locos, aquellos que están locos para vivir, locos para hablar, locos para ser salvados, deseosos de todo al mismo tiempo, aquellos que nunca bostezan y dicen trivialidades, pero arden, arden, arden, como fabulosas velas romanas amarillas explotando como arañas a través de las estrellas"

Florencia Abadi

desamor –qué raro sería, le digo, muchas vidas que se vuelvan lúcidas a la vez una lluvia que dé señales más claras– hablar me avergüenza de...

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